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El problema de los jueces “Olfas”

IMG_3152Por Catalina de Elía, periodista y Federico Delgado, fiscal. Autores de “La cara injusta de la justicia”

La pregunta que nos hacemos todos los ciudadanos cuando vemos hechos de corrupción en los tribunales es ¿Por qué nadie va preso? ¿Por qué con cada cambio de gobierno asistimos a la hiperactividad judicial, pero al final justicia no enjuicia y reina la impunidad y el olvido social?. Quizás una explicación esté en dos espacios. Los márgenes que les da la ley a nuestros jueces y fiscales para trabajar y los malos hábitos de la burocracia judicial.
En la práctica la forma de trabajar de nuestros magistrados se puede conceptualizar de tres maneras. Los jueces probos, los “simpáticos” al poder de turno y los “olfas”. Los probos son los que soñaron nuestros padres fundadores. Son los que trabajan solamente de acuerdo al expediente, a sus conocimientos y a la Constitución que juraron. Los “simpáticos” no sólo trabajan con la ley, sino también en su beneficio buscando preservar su cargo y el poder. Cuando deciden tienen en cuenta los deseos del poder de turno. Los “olfas” directamente trabajan de manera automática. Son siempre oficialistas, un brazo del poder instituido.
¿Qué es lo que explica, entonces, que nadie vaya preso? Tener jueces “olfas” y “simpáticos” con una ley de procedimiento que les da mucha discrecionalidad en el manejo de los tiempos es una combinación explosiva y puede ser una de las explicaciones principales. Los jueces en la Argentina tienen de acuerdo a la ley un poder absoluto para terminar la etapa de investigación de las causas, conocida como la instrucción, y también para decidir que día empieza un juicio oral. Por ejemplo, para enviar una causa a juicio oral un juez debe “estimar” completa la investigación. Se supone que hay un procesado y un fiscal que pide que haya un juicio. Pero ese paso sólo lo da el juez mediante la palabra “estimar”, que no está sujeta a ninguna otra regla que su ánimo. Imaginemos que el juez da ese paso. La causa llega a las manos de los Tribunales Orales. Aquí tres jueces deben invitar a los protagonistas a ofrecer pruebas y fijar un día para el juicio ¿Cuándo? No hay reglas. Cuando sus agendas lo permitan. ¿Se conocen las agendas? No. Sólo los jueces tienen esa información.
Esta es la combinación explosiva: los tiempos solo dependen del ánimo de jueces “olfas” o “simpáticos”. No hay una ley que los obligue a rendir cuentas. Definir que significa “estimar” y especificar cuanto tiempo hay para fijar la fecha de un juicio, reduciría esa discrecionalidad.
La atención pública en general esta fijada en la primera instancia de la justicia federal. Pero para mejorar los problemas del sistema judicial, y en éste caso, el de la “discrecionalidad” de los tiempos de los jueces para establecer la fecha de los juicios, es importante poner luz pública sobre las agendas de los magistrados. Sobre todo para entender porque hay tanto espacio desde que el expediente llega a los tribunales orales hasta los juicios propiamente dichos

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